domingo, 27 de septiembre de 2020

Cómo mueren las democracias

La democracia es un ejercicio extenuante, mencionan los autores del libro "Cómo mueren las democracias". Es mucho más sencillo gobernar sin consenso y ejerciendo el poder omnímodo sin la contestación de los contrapesos que existen en las democracias. Estos contrapesos son los partidos políticos y las instituciones del estado de derecho.

Incluso, muchos gobernados pueden llegar a aceptar a dirigentes políticos que solucionan los problemas, aunque sea a corto plazo y pensando sobre todo en su reelección o continuidad, en referencia a los líderes autocráticos y populistas que desgraciadamente comienzan a abundar en el mundo. 

Sin duda, el mundo se encuentra ahora en una etapa de máxima complejidad histórica, con choques tectónicos entre países, empresas e intereses, con una desigualdad creciente y con formas distintas de abordar los retos, con mayor competencia y menor colaboración. Estamos en un debate sobre las ideas, y en el centro no puede faltar una reflexión sobre la democracia representativa que emergió de la democracia ateniense y que hoy se plasma en leyes, instituciones, sistemas electorales y, de forma clave, en una cultura democrática de derechos y deberes que ha de impregnar a toda la sociedad. 

La democracia es sin duda el sistema político que más progreso ha aportado de forma amplia a la Humanidad a lo largo de la historia y es el sistema más extendido en el mundo en 2019 con 167 países  según el Pew Research Center, aunque con distintos grados de intensidad. Pese a ello, hay una creciente insatisfacción con la democracia y la forma en que partidos políticos e instituciones están respondiendo a los retos sociales y económicos del siglo XXI.

En el otro extremo, no hay precedente de un régimen autoritario que haya conseguido elevar de una forma sustancial el nivel de vida de sus ciudadanos con la excepción reciente de China. Y aun así, el éxito de la nueva autocracia china (democracia para el pueblo en lugar de democracia desde el pueblo) tiene aún una vida corta, ya que comienza a finales de los ochenta del pasado siglo con la llegada de Deng Xiaoping a la cúpula del partido comunista chino, epicentro del poder político. 

La democracia es, por tanto, un sistema político global que existe con distintos niveles de pureza en los países según la categorización que realiza Visual Capitalist. En ella, los países se clasifican según un "Democracy Index" que considera en cada país factores como los procesos electorales, libertades civiles, participación y cultura política. Con estos criterios, los países se agrupan en democracias con regímenes autoritarios, híbridos, fallidos y con éxito. Más detalles individuales pueden consultarse aquí



De las 167 democracias analizadas, en 2019 la mayoría son regímenes autoritarios o democracias fallidas y hay un descenso del número de democracias consideradas exitosas. Alcanzar una buena democracia lleva tiempo de práctica reiterada, y su perversión puede ser silente y pasar desapercibida. De hecho la desaparición de la democracia es consecuencia más de la gradual desaparición de hábitos y práctica de consenso democrático que de golpes de estado o involuciones violentas. Y algo de esto está pasando hoy en varios países del mundo. 


"Cómo mueren las democracias", escrito por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (editorial Ariel) analiza el problema de la democracia estadounidense, de rabiosa actualidad ante las inminentes elecciones a la presidencia de los Estados Unidos en Noviembre de 2020. 


No es preciso extenderse en explicar por qué lo que suceda en la democracia estadounidense es importante para el mundo. Estados Unidos ha extendido su dominio ideológico, económico y militar por todo el mundo desde la Segunda Guerra Mundial y sigue siendo hoy aún la principal y única potencia con influencia global. 

La democracia más longeva e ininterrumpida del mundo es precisamente la estadounidense si consideramos que su Constitución entró en vigor en 1787 y está aún viva desde entonces. Para adaptarla en el tiempo se aprobaron 27 Enmiendas (Ammendments), 10 de ellas en 1791 (la carta de derechos, incluyendo el derecho a portar armas en la Segunda Enmienda, curioso vestigio de su resistencia a transferir el monopolio de la fuerza de las armas al Estado que impera en la mayoría de los países democráticos) y el resto a lo largo de los años, con la última en 1992. 

Pero más allá de estas normas constitucionales, lo que vertebra la vida democrática de las naciones son las reglas no escritas que los contendientes políticos respetan como formas de comportamiento. Estas reglas están basadas en precedentes de actuación que políticos de otros tiempos consiguieron respetar de cara a llegar a acuerdos sobre situaciones no contempladas en las normas constitucionales (que tampoco pueden regular la totalidad de las situaciones). 

Algunas de estas reglas se refieren al uso del poder por parte de dos de las instituciones más cruciales en la vida política de los Estados Unidos: la Presidencia y el Senado. El presidente de Estados Unidos tiene poderes casi imperiales que ha de usar con templanza: el uso de órdenes ejecutivas (equivalentes al real decreto ley en nuestra Constitución), la concesión de indultos y el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo. El Senado por su parte, compuesto por republicanos y demócratas, ha de aprobar o vetar las leyes que se proponen, ser proporcionado en sus procesos para evitar el excesivo obstruccionismo que paralice la vida política, y es el encargado de pedir la destitución si llega el caso del presidente de Estados Unidos. Si buscamos un símil, el Presidente se parece al consejero delegado de una empresa y el Senado sería el consejo de administración. 

A lo largo de la historia de Estados Unidos la democracia ha progresado precisamente por la tolerancia mutua entre los líderes políticos y sus partidos y la contención institucional en el uso de sus prerrogativas. Pero esta situación puede estar cambiando o ya ha cambiado, según los autores del libro "Cómo mueren las democracias".

Acceder al poder a cualquier precio fue la máxima del Partido Republicano desde que Newt Gringitch se convirtió en la facción dura del partido a partir de los años 70 y es la base de movimientos como el Tea Party, de dirigentes radicales como Sarah Palin, e incluso de intentos para disminuir el voto afroamericano en las elecciones. En Estados Unidos el voto se realiza por distritos dentro de los estados y según los autores, el Partido Republicano está intentando concentrar el voto en distritos con minoría afroamericana, tradicionales votantes del Partido Demócrata, exigiendo identificación oficial a los votantes que los propios líderes republicanos estatales se ocupan de complicar. 

Sorprendentemente, en Estados Unidos no existe un sistema unificado de identificación oficial nacional, por lo que las listas de votantes se configuran en parte con las normas de los estados y dependiendo del partido que gobierna en cada estado. Esta estatalización del sistema electoral es tremendamente peligrosa porque permite a los partidos políticos cambiar las reglas electorales.

Estados Unidos afronta un test crítico para la continuidad de su sistema democrático con las elecciones 2020, y por tanto, sus resultados influirán en la actitud de Estados Unidos respecto de otros estados del mundo, sean democráticos o no. Hoy los partidos políticos se dirigen a un electorado polarizado por ellos mismos, pero además, en Estados Unidos subyacen diferencias étnicas no resueltas ("Black Lives Matter"), culturales y una creciente desigualdad social provocada por la polarización económica, que a su vez acentúa la crisis del Covid-19.

El libro propone medidas para evitar esta confrontación pero no son de rápida consecución. Incrementar las posibilidades universales de la población en lugar de dirigir la atención a minorías identitarias (afroamericanos, latinos, rentas bajas,...) es la propuesta para el Partido Demócrata, mientras que el Partido Republicano ha de cortar el ascenso de los líderes con tendencias extremistas y dejar de concentrar sus mensajes en el electorado blanco. 

Aunque son análisis y propuestas dirigidas a EEUU por su condición de mayor democracia del mundo y su carácter simbólico, hay patrones del diagnóstico que vemos reflejados en las políticas nacionales de otros países, incluyendo España. Y ello hace al libro atractivo de por sí como literatura aplicable. 

El enfrentamiento partidista sin una agenda política compartida lleva a una política de tierra quemada: lo que hace un partido cuando gobierna lo deshace el otro cuando gobierna, o lo que hace un partido en un gobierno autonómico es paralizado por el partido que gobierna la nación, o recursos interminables a los tribunales para denunciar y objetar unas u otras actuaciones de gobernantes locales o regionales que no respetan normas constitucionales o consensos no escritos en su acción política. 

Esta intolerancia política, siempre buscando el poder por cada parte y dirigida hacia votantes que poco se mezclan (como agua y aceite) también está tensando las instituciones democráticas (tribunales, organismos independientes de información, los medios de comunicación y hasta el propio debate parlamentario).

2 comentarios:

  1. Buena reseña, Enrique. Creo que la crisis de la democracia va unida a la crisis del estado-nación y la escala sobre la que hemos montando nuestras organizaciones sociales y económicas.

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  2. Gracias Jorge, tienes razón y hay casos que apoyan tu tesis. Aunque también hay casos de democracias que funcionan en estados nación. Creo que se puede compaginar escala y descentralización, pero el conseguirlo no es trivial.

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