sábado, 1 de julio de 2017

¿Fracasará la sociedad de la información?




Creo que hay un cierto consenso que considera a los filósofos como arquitectos profesionales del pensamiento. Desde la Grecia antigua hasta nuestros días se han realizado preguntas y aportado respuestas que al menos el resto de los mortales no nos formulamos explícitamente. Al final construyen un relato de razonable consenso que nos da una explicación sobre algo que nos inquieta, aunque sólo sea superficialmente. Preguntas como "de donde venimos y a donde vamos" o "ser o no ser" seguro que resuenan en la memoria de todos. Cuando hablamos de valores y comportamientos, los filósofos compiten con las religiones, hojas de ruta basadas en creencias profundas.

Yo creo que hoy todos somos un poco más filósofos, de la misma forma que más economistas, o incluso más médicos, porque podemos ir más allá de nuestra propia especialidad. Digamos que tenemos un conocimiento más transversal que nos permite no tener que acudir siempre a un especialista. 

Quizá hoy la función de los filósofos es precisamente el no dar por sentado lo que que todos pensamos como axioma, y uno de ellos es Jose Antonio Marina, un filósofo comprometido con la educación. Su artículo que adjunto en este link me provoca reflexiones sobre la diferencia entre la sociedad de los datos en la que sólo estamos entrando y la sociedad de la comprensión como la denomina el propio Marina.



Parece que hacen falta intérpretes para que la gente pueda extraer conclusiones de este mundo lleno de "bits" y parece que ese es el rol que Marina adjudica a los medios de comunicación si son capaces de recuperar el rol de contextualizadores. Según los Facebook, Google y Amazon los medios no son estrictamente necesarios, "ellos" son el canal y la gente puede informarse bien a través de los medios de comunicación tradicionales rejuvenecidos o a través de influenciadores o grupos de comunidades. Y si hace falta, se compra un periódico como el "Washington Post" como ha hecho Jeff Bezos. 

En el mundo pre-bits la información más primaria era relevante porque no viajaba con rapidez y ser el primero en tenerla era fundamental. Parece que Nathan Rothschild comenzó su fortuna sabiendo en Londres antes que nadie el ganador de la batalla de Waterloo. Conocer cómo ese dato le daría una ganancia fue el resultado de una asimetría informativa que Rothschild aprovechó con ingenio, conocimiento, contactos y orientación a la acción.

Hoy en día se podría pensar que es más difícil encontrar asimetrías informativas, porque pensamos que los datos y la información están disponibles para todos de forma más accesible. Pero no es cierto. Los datos son bits brutos, pero los algoritmos o combinaciones de datos son los tienen primero sus fabricante y después a los que se los venden. Además, un algoritmo no es más que un automatismo "algo" inteligente. La conciencia o inteligencia es un complejo entramado de algoritmos contextuales que hace juicios de valor sobre los automatismos básicos de la conducta humana. En el extremo de los bits está la inteligencia artificial. IBM ha desarrollado Watson, posiblemente uno de los sistemas de inteligencia artificial más avanzados del mundo, y hay un grupo de empresas líderes que trabajan precisamente en el aprendizaje artificial de los resultados de los algoritmos predictivos.  Es lo que algunos llama "cognociencia".

En este mundo de aprendizaje continuo entiendo el papel de los filósofos que como Jose Antonio Marina cuestionan la sociedad de la información y reivindican una vuelta al viejo orden usando las nuevas capacidades digitales de la inmensidad de datos desde la interpretación humana de los datos. Ese es el nuevo periodismo de comprensión, que podríamos decir que no es sino el intermediario de antes con los deberes hechos. 

No sé si los filósofos del futuro serán los periodistas, los blogueros, los Trumps armados de Twitter y del poder de una primera potencia, o los sistemas Watson de IBM. Solo sé que todo es más ubicuo y que cada vez más "o piensas por tí mismo o alguien lo hará por tí".

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