domingo, 27 de diciembre de 2015

El impacto de internet de las cosas (IoT) en la sociedad

Siguiendo con la línea de publicar artículos de acuerdo con las temáticas que seguimos en el Alcázar de las Ideas, incorporamos el texto propuesto por Alejandro Sánchez del Campo Redonet, Regulatory Counsel en Telefónica Digital, editor de replicantelegal.com, y miembro del Consejo Académico de FIDE.



IoT es una de las siglas de moda actualmente. Es el acrónimo de Internet of Things o internet de las cosas en español.  En esencia, se trata de dotar de sensores y conectividad a objetos cotidianos para que puedan acceder a internet y comunicarse entre sí y con las plataformas que los gestionan. Muy relacionado con IoT está el big data, cuya finalidad es procesar la ingente cantidad de datos que se generan para extraer información relevante.

Para hacernos una idea de la magnitud del fenómeno podemos decir que los expertos prevén que en menos de 2 años habrá más de 40 millones de coches conectados y que se estima que el mercado mundial de soluciones IoT crecerá desde los 2 trillones del año 2014 hasta los más de 7 trillones (ambos americanos) de 2020. Muchos lo califican como la siguiente gran disrupción económica.

Hemos mencionado antes los coches conectados porque el sector del automóvil -y del transporte en general- es uno de los que más va a sufrir la tecvolución (término que tomo prestado de mi amigo Hans Boeck). La adopción masiva de las tecnologías vehicle-to-vehicle (V2V) y vehicle-to-infrastructure (V2I), unido a la consolidación de las ciudades inteligentes, introducirán mejoras significativas en la circulación: los coches se comunicarán entre ellos y también interactuarán constantemente con semáforos, señales e incluso smartphones de los viandantes. Los atascos disminuirán porque el coche elegirá la mejor ruta para llegar a un punto y el consumo de combustible será más eficiente.

Añadido a lo anterior, se está avanzando mucho en dotar de autonomía a los vehículos y se estima que en menos de 10 años se comercializarán los primeros coches que no necesitan conductor. Pensemos un momento en las potenciales consecuencias de este desarrollo: los accidentes de tráfico se reducirían notablemente (se estima que más de 90% de los mismos está provocado por un error humano), aumentaría enormemente la movilidad de personas con problemas de visión u otra discapacidad que les impida conducir y aumentaría también el tiempo de ocio y la productividad al liberarse las “horas muertas” que ahora dedicamos a manejar el coche.

Si triunfan los vehículos autónomos las consecuencias serían todavía más profundas porque es muy probable que, en ese caso, fuera más económico alquilar el coche cada vez que lo necesitásemos en lugar de adquirirlo en propiedad. De hecho, ya se ha acuñado el concepto CaaS (Car as a Service). Lógicamente estos cambios también tendrían gran impacto en el sector de los aparcamientos, de los seguros y –especialmente- de los taxistas y conductores profesionales, que verían seriamente amenazados sus puestos de trabajo.

Otra tecvolución que vamos a vivir en los próximos años se producirá en las ciudades. Cada vez escuchamos más hablar de smart cities. Las urbes que se denominan así aspiran a aprovechar todo el potencial de los avances tecnológicos para ahorrar costes, ser más eficientes, promover nuevos servicios, reducir su huella ambiental y estimular la innovación. Como ejemplo, podemos citar a Santander, que es una de las más avanzadas en España. Cuenta con más de 20.000 sensores que captan y transmiten datos como temperatura, presión atmosférica y niveles de ruido o CO2, frecuencia de los transportes públicos; y permiten gestionar eficazmente el consumo energético de edificios municipales y del alumbrado público.

Nos jugamos mucho en este reto porque se estima que en el año 2050 más de 7.000 millones de personas vivirán en ciudades (frente a menos de 1.000 millones en 1950).

Lógicamente estos nuevos desarrollos plantean nuevos desafíos, entre ellos la protección de la seguridad y de la privacidad. Sería conveniente que esos riesgos se tuvieran en cuenta en el momento del diseño de los servicios (lo que se conoce como privacy by design) para evitar males mayores.